lunes, 11 de agosto de 2014

Una noche cualquiera

Empecé a perderte una noche cualquiera
en la que 
-para mayor referencia- se festeja la fecha a quien nadie le importa.
La noche en que te conocí mis versos se fueron construyendo de tus paralelos universos,
para que de pronto, en un parpadeo mi vida volviera a ser lo que siempre ha sido: prosa.

Esa noche quise soñar... demasiado tarde,
¿cómo poder soñar recostado en tu cuerpo?
cuando los sueños son los que se complacen de nuestro encuentro.
En la oscuridad me escurrí entre la miel que emanaban tus caricias,
pasee mi nariz por tu tibio olor a viñedo,
y en mis ausentes sueños comencé a decir: te quiero.

Mientras la noche se agotaba en el frasco del tiempo, 
tú te secabas, 
te hacías de hierba;
irremediablemente te fumé, 
y te dejé dentro de mi pecho para no perderte jamás... hasta que te reclamó la mañana,
e impotente te exhale como a la niebla la montaña;
te perdí entre atlánticos vientos, 
sin reclamos, ni remordimientos, 
como el buen perdedor en el que me he convertido
ni siquiera creí en Dios para maldecirlo.
Mis silencios se han vuelto ya un patético grito de amor 
                                                                                en un instante de olvidos...



En resumidas cuentas no es la primera vez que pierdo algo tan mío como lo eres tú, 
-cariño diametralmente opuesto en este maldito circulo en el que vivimos-
porque la vida es una apuesta en la que he ganado pocas veces, y perdido muchas más... pero he decidido apostar.