miércoles, 30 de octubre de 2013

¿Por qué es tan difícil amar?

¿Por qué es tan difícil amar? 

Me pregunto mientras la cotidianidad del mundo me atropella
y me quiebra todos y cada uno de los huesos,
las horas se vuelven de humo y me pintan la cara de negro. 

Y querida, tú eres como el yeso,
que sostiene, que viste de blanco, y me vuelve un hombre entero.
Te quiero porque aún herido me posas completo sobre tu cuerpo hasta sentir que soy de fierro,
colocas entre mi boca tu extasiado rostro,
y surco con mi lengua las oceánicas corrientes de donde tus piernas se unen al torso;
contigo me he vuelto un marino que ancla en tu boca,
tu boca, perpetuo refugio de palabras prófugas del diccionario
que contesto con mi aliento a falta de vocabulario;
entre abiertos tus labios, palpitantes, hinchados,
cierras los ojos y todo en este mundo deja de ser tangible,
y todo deja de hacer daño. 

Te tiro del cabello y me miras como un perro,
me gruñes, me enseñas los dientes,
y en mi cara escupes que no somos más que el preludio de la verdad,
la más creíble de todas las mentiras que se han dicho de amor.
Del techo se balancea inerte el estupor,
mientras tú y yo, cariño, jugamos a ser ese después de todas las historias,
a ser dioses no venerados,
a ser esos días detrás del calendario... 

De tus pezones nacen estrellas ausentes de padre y madre por culpa de nuestra incesante muerte,
tragedia que acorrala el alma en los ojos, hasta incendiarla y dejarnos la mirada ceniza de la espera ingrata;
somos ese cadáver que en el féretro juega los tiempos extra 
y cuenta las horas para que todavía pase algo en su presencia.

Golpeo tus nalgas para ir más a prisa en esta larga carrera entre el olvido 
y una de esas otras tantas ausencias,
hago oídos sordos a tu ser pidiendo clemencia
y en tu piel florezco como lluvia en primavera. 


Me pregunto: ¿Por qué es tan difícil amar?
Mientras me hago pequeño, mando a dormir mi ego,
y me recuesto carente de todo consuelo. 

Pienso en que me he vuelto un rato, y mil ratos no existo;
soy como un ladrido a media noche en una ciudad sin perros... 

Visitar tu cama una vez a la semana,
y perderme entre los vertiginosos músculos de donde termina tu espalda
para morir de placer y no de verdad,
para parirme en tu cuerpo sin dejar de recordar.
Y todo, todo para volver a preguntar... 

¿Por qué es tan difícil amar?

miércoles, 9 de octubre de 2013

Soledades

 Juntamos nuestras soledades
y ahora estamos más solos que nunca.

No fue buena idea amarte sólo con la cabeza
y meter al corazón a la nevera.
Tomarte de la mano por la calle de la amargura hizo más pesados nuestros pasos
y a nuestra voz la hizo un eco infinito en nuestros labios.
Jamás debí verte así: demasiado desnuda.

Fue mala idea depositar el libido de nuestros cuerpos en la madera agujerada de la rutina,
y los planes se convirtieron en una lápida que no supimos quitarnos de encima.

Juntamos nuestras soledades y ahora estamos doblemente solos,
con mi soledad cantando su desdicha
y la tuya acompañándole con el intervalo melódico perfecto.

Hoy no importa si la vida pierde su color,
le quitan veintitrés cuadros,
y nos volvemos en este momento una olvidada fotografía
guardada en el baúl de la eterna cobardía,
porque para nosotros dos, el día y la noche se han vuelto un camino de regreso,

un final sin despedida.